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Javier

Javier nació prematuro, de 33 semanas, después de haber detectado taquicardia y sufrimiento fetal, probablemente provocado por fiebre materna, que no cesó tras administrar antibióticos. 

Era un niño muy grande para lo que yo esperaba. Además de buen tamaño, parecía que tenía una madurez bastante aceptable. Pasó en incubadora sólo 24 horas, aunque permaneció en la UCI por un protocolo que establece que los niños permanezcan en la UCI hasta que hayan cumplido al menos las 35 semanas de gestación. En el caso de Javier, pensaron incluso en acortar dicho plazo por lo bien que estaba pero, afortunadamente, no lo hicieron. Comenzó a hacer pausas respiratorias siempre asociadas a la ingesta de comida, por lo que primero se pensó en una inmadurez en cuanto a respiración se refiere. Le colocaron una sonda nasogástrica para alimentarlo pero, lejos de mejorar, cada vez sus apneas fueron mayores y más frecuentes, temiendo incluso que se produjera un daño cerebral, por lo que se le realizó una ecografía cerebral que no desveló anomalías. 

En las HORAS siguientes el niño empeoró, según los médicos porque yo he de reconocer que, salvo los horrorosos pitidos de los monitores, no veía nada anómalo. Parecía que por fin dormía. Si llega a estar en casa posiblemente no lo habría llevado al hospital, y el niño estaba entrando en estado de coma. 

Como digo, en el transcurso de tan solo unas horas, desde la madrugada hasta las 12:00, ya nos empezaron a hablar de terribles pronósticos. A las 13:00 nos dijeron que, aunque los síntomas parecían de sepsis, las analíticas no confirmaban el diagnóstico (por el antibiótico que me administraron en el parto, que enmascaró los resultados), pero que ya después de haber probado todo (anomalías pulmonares, cardíacas, ...) le habían suministrado la primera dosis del antibiótico. 

A las 15:00, el servicio de la UCI me dijo que su padre y yo debíamos estar allí.

Hasta me proporcionaron un teléfono de alguien para que se hiciera cargo de mis hijos mayores y me dijeron que estaba ya avisado el capellán por si queríamos que lo bautizaran. Se confirmaba el diagnóstico y el cultivo del líquido cefalorraquídeo daba positivo. Yo veía todo como en una película, como desde fuera. He de reconocer que aunque sabía de la meningitis, no pensé que hoy en día fuera tan letal. De hecho, mi primera reacción fue preguntar por las posibles secuelas, y ahí es donde empecé a sentir el desgarro de entrañas: “vamos a ver, siéntate, toma, te hemos preparado una tila. El problema no es el de las secuelas si supera la enfermedad. El problema que nos ocupa ahora es que supere la enfermedad, y luego ya veremos. Pero mira, es muy chiquito, es un prematuro, tiene cinco días de vida.... “ y ahí es donde el zumbido ensordecedor de oídos no me permitía seguir escuchando las palabras de la doctora. Aunque quería seguir creyendo que esto no le pasaba a mi niño. Llamé a su padre, también médico, y cuando se lo dije, su reacción me hizo comprender que no era la doctora la que era una agonías. Lo mismo cuando apareció (era fin de semana) un refuerzo de médicos porque hacía falta un doctor exclusivamente para el niño, y los acompañaba el jefe de servicio. 

No he sentido tanto miedo ni tanta desolación nunca y espero no volver a sentirlo. Es una enfermedad tan devastadora, que horas después, cuando el niño estaba conectado a respirador, suministradas drogas para que no se le parase el corazón, el cordón arrancado para ponerle una vía central .... hecho una pena a mi modo de ver, los médicos me decían que la enfermedad era tal que el hecho de que no empeorase, ya era en sí una mejoría. Y como digo, no habían transcurrido 24 horas desde que su cerebro no tenía signos de inflamación. 

Así pasaban los minutos. Tras 48 horas, todo empezó a ser un poco más optimista. Poco a poco se le fueron retirando aparatos. Después de un mes en la UCI, mi pequeño campeón conocía la luz del sol, el aire de la calle. Yo me daba cuenta de que puede que mi hijo sea muy fuerte, y que tenga un propósito en la vida que le haga merecedor de haber sobrevivido, quizá. A las madres nos gusta pensar estas cosas. Pero una vocecita interior, a modo de pequeño Pepito Grillo, me decía y me sigue diciendo hoy: “no te equivoques. Javier estaba en el sitio adecuado en el momento adecuado. Tú lo habrías dejado dormir plácidamente hasta que vieras que ya no despertaba. Siendo para ti más querido que tu propia vida, no habrías hecho nada, porque nada puede hacerse cuando no conoces al enemigo”. Porque yo no sabía que ese decaimiento es un síntoma fatal. Que ese color macilento también lo es. Por eso animo a todo el mundo a que conozca, desde la mayor serenidad posible, los síntomas de esta enfermedad, que se cura, y puede pasar sin secuelas. Para que muchos otros niños tengan la misma suerte que ha tenido el mío. Para que muchas madres no tengan que preguntarse: ¿por qué no me di cuenta? 

Un beso a todos, y como os dice Elena, la madre de Uxue, conoced los síntomas que es el mejor talismán que pueden tener vuestros hijos. 

 

Gema