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La historia de Irene
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| Monica |
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Mi hija Mónica cenó a las nueve de la noche y cenó muy bien, a las nueve y media la acostamos, y a las diez se despertó llorando y nos decía que le dolía y se señalaba en una parte de la cadera. Le preguntamos si se había caído en la guardería y ella decía que no, así que nos preocupamos por el dolor tan fuerte que tenía y la llevamos a urgencias del Hospital Reina Sofía de Córdoba. Al llegar allí tenía 39º de fiebre y pidieron un análisis de orina, pero no podía orinar. Le pusieron un supositorio de Febrectar para la fiebre y el médico residente no quería que nos fuésemos de allí sin hacerle el análisis de orina, pero le bajó la fiebre y el médico que estaba de guardia nos dijo que aquello no era urgente, que seguramente seria una infección urinaria, que la llevara al día siguiente a su pediatra y, además, añadió con mucho sarcasmo que habíamos ido al hospital por gusto. Salimos de allí y a Mónica se le había pasado la fiebre. Eran cerca de la una de la noche y fue cantando en el coche, la acostamos en nuestra cama pero con su padre, yo me puse muy nerviosa y no me acosté. Estuve toda la noche limpiando la casa y observándola, y mi marido entró a trabajar a las seis de la mañana mientras ella estaba durmiendo. Entonces me eché yo en la cama al lado de ella y a las siete y media le subió la fiebre y estaba muy flojita. Llamé a mi madre y le dije que fuera mi padre para el Reina Sofía, que me esperara que llevaba otra vez a Mónica porque no la veía bien. Mi madre me dijo que era muy exagerada, pero bueno yo no le hice caso y me fui para el hospital dónde ya estaban mi padre y mi hermana esperándome. En cuanto la metieron en la consulta y la desnudaron le habían salido dos manchitas, una en el pecho y otra en la barriga, y me dijeron que estaba muy grave y que la metían en la UCI. Yo llamé corriendo a mi marido y me quería morir, ¡qué angustia, qué impotencia y qué desesperación! Una vez allí subíamos cada cuarto de hora a verla y a preguntar cómo estaba, y nos decían que estaba empeorando por momentos. Llamaron al residente y se abrazó a nosotros llorando y pidiéndonos disculpas, y yo le dije que el no tenía la culpa, porque él no quería que nos fuésemos sin hacerle el análisis, que fue el otro doctor quien nos echó de allí la noche anterior. Ese señor sólo se limitó a decirnos, con un descaro impresionante, que esto era una lotería y nos había tocado a nosotros, pero sin sentimiento ninguno.
Al día siguiente cada vez que los médicos nos daban información nos decían que estaba entrando en una parada multi-orgánica, es decir, que todos sus órganos estaban afectados. A las cinco y media de la tarde le dio el primer paro cardíaco, a las seis menos cuarto el segundo y a las seis en el tercer paro murió. Fue horrible. Manolo, mi marido, se cayó al suelo y decía que no podía entrar a verla, así que entré con mi madre y mi hermana a la UCI, y qué dolor más grande ver a tu hija muerta… Me abracé a ella y no podían separame de ella. A los seis días de morir Mónica, di a luz de Manuel Ángel y fue todo tan horrible, venir mi hijo al mundo y no tener ganas de nada, sin él tener la culpa, yo sólo quería morirme y me sentía muy mal de ver a mi hijo y no tener ganas de nada. A los pocos meses de nacer Manuel Ángel yo me tiraba toda la noche levantada porque no podía dormir y me pasó por la cabeza el quitarme la vida, cogí unas cuchillas y me pasé toda la noche pensando en cortarme las venas. Me arrepiento continuamente de ello, porque a mi hijo y a mi marido les hacía mucha falta, pero estaba tan mal que no tenía ganas de vivir, sólo quería irme con ella. En fin, la vida continúa y el tiempo ayuda a sobrellevar esto, pero el dolor de perder a un hijo nunca se va.
Un saludo, Concepción
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