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La historia de Irene
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| Nico |
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Mi pequeño Nicolás se fue al principio de una primavera; la misma que, un año antes, lo vio nacer. Para ser más concreta, él sólo vivió con nosotros un año y doce días. “Nunca una vida tan corta dejó una huella tan profunda”.
El martes 1 de Abril de 2008 amaneció como otro día cualquiera en nuestras vidas. Nico estaba un poco resfriado - como alguna que otra vez - al despertar de su siesta habitual. Sobre las 15:30h se quejó un poco; me extrañó que no me llamara ni protestara para que fuera a buscarlo, como de costumbre. Fui a su cuna y estaba adormilado y ardiendo; le puse enseguida el termómetro y tenía 40º. Pensé que el termómetro estaría estropeado, porque tengo otro hijo, Josemi, de 4 años, y nunca ninguno de ellos había tenido tanta fiebre; así que llamé a mi suegra, para que me trajera otro termómetro y, efectivamente, tenía 40º. Le di un antitérmico y nos fuimos a recoger a su hermano, que salía del cole a las 16:30h. Por el camino, Nico fue protestando pero, como no le gustaban mucho los viajes, pensé (ingenua de mí): pobre, resfriado, con tanta fiebre y, encima, en la sillita del coche. Nunca había yo oído hablar de los síntomas de la meningitis, la cuál yo creía que estaba erradicada, y mucho menos de la SEPSIS MENINGOCÓCICA, de la que ni siquiera sabía que existía.
Mi pequeño Nicolás estaba inapetente, intranquilo, adormilado, tenía las manitas y los pies congelados, lo cuál yo creía que era por la fiebre; tenía mucha sed y se quejaba como si algo le doliera. “De haber sabido lo que el conjunto de estos síntomas significaba, quizás mi pequeño Nicolás………..”
Yo soy de esas madres a las que suelen llamar “más madre que nadie”, pero yo me considero una madre normal: intento que mis niños lleven una alimentación adecuada, una vida ordenada, crezcan sanos conviviendo con la naturaleza y animales y lleven una vida en la que yo me procuro adaptar a sus necesidades, y no ellos a mis inquietudes o problemas, procurando que crezcan en el amor y el respeto. Soy madre 24 horas al día, vivo por y para ellos, son mi principal ocupación y preocupación, “mi tesoro más valioso”.
Esa noche me acosté en su cuarto, al lado de su cuna, para tenerlo vigilado. Sobre las 2:30h se despertó y empezó a quejarse un poco; lo cogí y de nuevo estaba ardiendo. Le volví a dar un antitérmico y lo puse a mamar; seguía tomando el pecho - por las noches le daba un par de tomas, aparte de tres o cuatro a lo largo del día -; se quedó más tranquilo, me lo llevé a mi cuarto a la cama, con papa y mama; intentaba quedarse dormido, pero no dejaba de moverse. Se hizo caca y, al cambiarlo, le vi unas pequeñas manchitas rojas muy dispersas por las piernas y el culete. De nuevo pensé: “pobre ignorante”, seguro que ha cogido la varicela. Lo cambié y al rato volvió ha hacerse caca pero, esta vez, en ella había sangre, y esas manchas se extendían por todo su pequeño cuerpo; en cuestión de minutos se habían multiplicado y se iban convirtiendo como en pequeños moratones. Me pregunté, “¿pero qué cosa tan rara habrá cogido mi niño?”. Entonces empecé a preocuparme; sabía que algo no iba bien y empecé a pedirle a Dios que no se lo llevara…
Llegamos al hospital sobre las 3:30h de la madrugada, tardé sobre 10 minutos en llegar. Él iba llorando, agarrado a mi pecho; yo no sabía cómo cogerlo, parecía que le doliera ya sólo al tocarlo. Cuando llegamos ya no lloraba, parecía que le faltaba el aire y tenía sus pequeños labios moraditos, y la mirada perdida. La doctora, en cuanto lo vio, me lo quitó de los brazos; esa fue la última vez que le vi. Falleció a las 4:40h de la madrugada del ya miércoles 2 de abril.
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