Quiero dar mi testimonio a la Fundación. Todo empezó el 14 de febrero de 1986. Me llamaron del colegio de mi hija Sandra, diciendo que tenía fiebre, por tanto fui a recogerla y la llevé directamente al pediatra, entonces contaba con 5 años. Le dolía mucho la cabeza, (según la niña me decía) la doctora la exploró (incluido la fiebre), le hizo los movimientos del cuello y me dijo que no era nada, posiblemente se trataba de un constipado. Aunque al poner a Sandra de pie, para colocarle el abrigo, la niña dobló las piernas como de flojera. Por lo cual me giré y miré a la doctora, a lo que me contestó que era debido a la fiebre.
Llegamos a casa y la niña sólo quería estar tumbada, le dije que si tenía sed y al darle agua, la niña no la podía tragar soltó el agua como si fuera un surtidor. Pasamos el día suministrándole la medicación que nos dijo la pediatra (cada 8 horas dos aspirinas machacadas, y apiretal en gotas, de forma alternativa). Los síntomas de la niña no eran positivos, seguía queriendo dormir, sin comer, con fiebre alta de 39.5, y con el dolor de cabeza. Por la noche me acosté con ella, y cada dos horas la seguía controlando, estuvo toda la noche hasta las 5 de la mañana con mucha temperatura. Pero a esa hora la toqué y estaba fría; encendí la luz y entonces vi en su brazo una mancha. Asustada la destapé y estaba todo su cuerpecito lleno de manchas rojas.
Enrollada en una manta subimos al hospital, de urgencias, y sin saber que tenía seguro. Le pusieron medicación para meningitis. Más tarde le diagnosticaron la enfermedad. Nos medicaron a toda la familia, y nos aislaron a mí y a mi marido en una habitación. Más tarde nos trajeron a nuestra hija, llena de tubos y nos dijeron que teníamos 72 horas críticas. Pero nos comunicaron muy a su pesar, que no nos hiciéramos ilusiones, porque la probabilidad de que no saliera con vida era muy alta.
Las primeras 24 horas, fueron muy duras. La niña se cogía a mi mano y la buscaba, pero no habría los ojos. Le suministrábamos pulpa de naranja, aunque ella estaba con los ojos cerrados. Tuvo una parálisis intestinal que le duró otras 24 horas, pero la respuesta después fue positiva, empezó a tener riego en las manos y recuperó la actividad intestinal.
A las 72 horas, la niña ya hablaba y comía bastante bien, pero teníamos que hacerle caminar y Sandra no podía sostenerse en pie. Los médicos nos dijeron que la enfermedad le había atacado a las articulaciones, se le hinchaban tobillos, rodillas, codos, etc. Le aumentaron la medicación y entonces a los cinco días ya caminaba cojeando y después poco a poco lo hizo perfectamente.
Los médicos nos dijeron que era un milagro, hicieron todas las pruebas inimaginables y estaba perfectamente. A día de hoy, a sus 22 añitos es una chica normal, estudiando y cien por cien olvidados esos tristes días. Sí que es verdad que lo único que le ha quedado de esta mala enfermedad son unas pequeñas marcas en su cuerpo.
Con esto quiero animar y consolar a todos esos padres que estáis pasando por estos malos tragos que da la vida, pues si reaccionamos a tiempo nuestros hijos pueden superar esta enfermedad maldita en la que nos puede tocar a cualquiera, sin casi secuelas.
Saludos de una madre que ha pasado por el peor momento de su vida. Ánimo y nunca perdáis la esperanza a los que estáis pasando por esto.