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Sara

Sara

El día comenzó en un hospital bendito llamado La Paz, donde vio la vida, un 28 de abril de 1990, una preciosa niña grande y gorda, de mucho pelo negro y de punta, con muchas ganas de vivir.

El 30 de noviembre del 1992 en mi casa vivimos una experiencia que no se la deseo a nadie, cada 30 de noviembre vuelvo a celebrar el cumpleaños de mi hija. Cuando era más pequeña nunca le dije nada pero desde hace varios años y como creo que mi hija ya está preparada sí se lo digo, sobre todo para que ella aprecie y valore más la vida. 

Por eso cada 30 de noviembre yo le hago un pequeño regalo de cumpleaños a mi hija y en mi guardería ese día es San Arturo el Canguro. Hago chocolate con churros y tenemos fiesta sólo para los niños, aunque algún padre siempre come churros. El centro se llama así y me dije: si todos tienen su santo y fiesta ¿por qué yo no la voy a tener también?. Porque para mi es una celebración.

Como puedes comprobar soy muy sentimental y quizás por eso, cuando os vi en la televisión, me encontré en esa necesidad de hacer algo de alguna manera. Por desgracia no tengo mucho tiempo libre, ya que mi jornada laboral es eterna, pero quiero que mi experiencia y mi ayuda sirvan de algo: “un granito en la botella”.

Todo sucedió de una forma muy desagradable pero a su vez rápida.

Me llamaron de la guardería a las 5 de la tarde, una guardería muy familiar. “Manoli, Sara esta con un poco de fiebre, voy a darle apiretal hasta que tú llegues a las 5:30h. Pero ve pidiendo cita a su pediatra”. Y así hice. El pediatra era particular y estaba en Madrid, donde vivíamos hasta hacía unos meses, que nos trasladamos a Colmenar Viejo.

Recogimos mi marido y yo a Sara de la guardería a su hora y llegamos al pediatra, que estaba abarrotado de gente. Como yo conocía a la enfermera y Sara comenzó a tener más fiebre, les pedí el favor de pasar antes, para que no cogiera allí lo que no llevaba.Ironías de la vida. 

Nos pasaron y su pediatra le hizo la prueba de la meningitis del cuello, la reconoció y nos dijo: “Tiene placas galopantes en la garganta y esta vez sí te tengo que dar antibióticos”. Sara, hasta esa fecha, nunca había tomado antibiótico. “Dale a Sara mucho zumo, para la acetona, y sus medicamentos”.

Fuimos a comprar los medicamentos en la farmacia y le dimos un zumo. Del pediatra nos fuimos a casa, en Colmenar. Normalmente ella siempre iba sentada sola en la parte trasera del coche, en la silla de seguridad, pero ese día me sentí rara y me senté detrás con ella. 

Sara iba muy decaída y yo, como soy muy niña, comencé a cantar para alegrarla, pero me dijo: “Mamá, no me cantes que estoy muy malita y no tengo ganas de nada”. Sara hablaba muy claro desde bien pequeña y razonaba muy bien desde hacía mucho. Le contesté que ya llegábamos a casa y le íbamos a dar la medicina. Yo desconocía completamente la enfermedad y sobre todo los síntomas.

Al llegar a casa, su padre no encontraba aparcamiento, así que nos ayudó a subir y después fue a aparcar. ¡Aquí empieza un cúmulo de buena suerte, por la que damos gracias a Dios, para quien crea y a la Vida. 

Normalmente siempre teníamos que aparcar lejos. Mientras su padre aparcaba, dejamos a Sara en el sofá y yo pasé al baño. Ese día su padre sólo tardó 2 ó 3 minutos en aparcar, así que al llegar al salón vio a nuestra hija dando sacudidas.

Pedí ayuda a una vecina y salimos corriendo con la niña. Mi marido decidió ir hasta el centro de salud. Mi hija llevaba los ojos vueltos en blanco y con un hipo horrible, que aún está en mi cabeza.

En el centro nos esperaba una enfermera en la puerta pues la vecina avisó. Yo me tiré escaleras arriba con mi hija buscando a la pediatra (bendita pediatra) que pasaba consulta en ese instante. Salió al oír mis gritos y cogió a mi hija. Se la llevaron a una sala junto con mi marido y mientras intentaron tranquilizarme. Digo intentaron, porque no consiguieron que me tomara más que un vaso de agua y les pedía por favor que me dejaran estar consciente, ¡Dejadme llorar, es mi medicina! 

Cuando reconoció a Sara, la pediatra nos dijo que estaba estable pero quería que pasase la noche en la Paz, para más tranquilidad. Nos dijo que parecía un cuadro de convulsiones febriles, pero quería asegurarse. Anuló sus consultas y fue con Sara en la ambulancia. 

Esta pediatra nunca había visitado a Sara pero era la que le correspondía en cartilla, gracias a Dios, así no tuvimos que hacer cambios posteriores. Yo dije que no podía ir en la ambulancia, no tenía valor para ver a mi hija en esas condiciones y no serviría de ayuda. Era imposible mirar a mi hija, tan pequeñita y así.

Nos fuimos detrás de la ambulancia a toda velocidad y de repente, en El Goloso la ambulancia puso el sonido más fuerte y aumentó la velocidad, tanto que la perdimos. Le dije a mi marido “la niña está peor”. Así llegamos a la Paz y encontramos a la pediatra sentada en las puertas de atrás, con las manos en los ojos y llorando. Le pregunté por Sara y me contestó que estaba dentro, en las manos de Dios y de los médicos. En la ambulancia le habían salido petequias por el cuerpo y eso significaba que era una sepsis y podía ser el final.

Pasamos dentro a urgencias, los médicos nos buscaban y nos informaron de lo mismo. Nos dijeron que pasaban a la U.C.I. con ella y a esperar la evolución, pero que Sara tenía un 99% de posibilidades de morir. Subí en el ascensor con ella y una celadora. Yo ya no lloraba, yo ya no veía, yo ya no era nada.

Al poco rato salieron 2 ó 3 médicos, no recuerdo muy bien, pero para mi eran muchos y comenzaron a preguntarnos cosas del embarazo, cuánto tiempo tomó el pecho, cuántos antibióticos había tomado, etc. Mi marido era el más entero, aparentemente, y el que contestaba a todo.

Pasó un buen rato y mi marido me dijo que tenía que volver a Colmenar a cerrar el grifo abierto, cerrar las puertas, las luces y coger dinero. Sólo pudimos hacer una llamada a mi madre y a su madre, en Sevilla y Toledo respectivamente. Los dos estábamos solos en la Paz, mi marido sufría también de verme a mi. Una chica que también estaba con un hijo grave le dijo: “Márchate y no te preocupes que yo la cuido hasta que vuelvas”.

Nada más irse mi marido, los médicos volvieron a salir y pidieron a un familiar, para ver la reacción de la niña. A mi no me dejaron pasar, porque decían que alteraría a la niña y que yo empeoraría aún más al verla como estaba. Como mi marido tardó un poco, la chica se ofreció a pasar ella y qué maravilla de hija. 

Esta fue la conversación, nunca la olvidaré: “Hola Sara, ¿cómo estás?” “Muy malita, ¿pero tú quién eres?” “Soy una amiga de tu madre, del trabajo” “No, no puede ser porque a las amigas de la fábrica de mi madre las conozco a todas y a ti no. Serás de otro sitio. Dile a mi abuela que se venga de Sevilla, que estoy malita y que me traiga muchas cositas”. 

La chica y los médicos salieron, los médicos dijeron que Sara estaba evolucionando favorablemente y que respondía al tratamiento: “Le hemos puesto plaquetas y un antibiótico Cefaloto de 850 mm“ (o algo así, recuerdo ver yo en el suero escrito). 

La chica salió emocionada y me dio ánimos y me contó que Sara hablaba mucho y que era una cría muy lista.

Mi marido llegó y los médicos durante unas horas informaban favorablemente. Nos dieron una pastilla para tomar nosotros y nos dijeron lo siguiente: “Su hija tiene una enfermedad muy antigua que sabemos cómo se cura, pero que si no se detecta a tiempo es fulminante. ¿Quien a atendido a su hija, antes de venir aquí?, gracias a ella, que ha preferido asegurarse, Sara está viva y muy bien. Y también gracias a que Sara es fuerte y responde maravillosamente al antibiótico”.

El día 31 de noviembre sobre el mediodía, Sara pasó a planta. Le hicieron 2 punciones en total y 2 electros y la mantuvieron con suero y medicación hasta el 11 de diciembre, que los médicos nos dijeron: “¡A casa a comer bien! a coger sol, aire y vida normal y una anécdota más que contar en vuestra vida, no hacen falta revisiones ni pasar más por la Paz”.

Sara y su HermanoMi hija recuerda de esa experiencia a un niño de la habitación de al lado, que lloraba mucho con los médicos. Recuerda a su abuela siempre sentada con ella y echándole de un monedero de tela muchas monedas en un televisor de la habitación. Recuerda cuando llegaron muchos Papás Noeles a la habitación. Y lo recuerda todo con mucho cariño y para mi eso es muy bueno.

Mi madre, cuando Sara se estabilizó, me dijo que llamara a su pediatra de Madrid, que no le pareció bien que la niña se pusiera tan malita a la hora de salir de su reconocimiento. Yo, sin conocer tanto como ahora conozco la enfermedad, supe en mi interior que no era su culpa. Le llamé, como pediatra suyo que era para informarle, pero dejamos de ir. Como es normal, he seguido a todas partes, pagando cuando fue necesario, a la pediatra de Colmenar Viejo, tanto para Sara como para mi otro hijo, Daniel. 

Vivimos en el mismo pueblo y nos paramos a hablar siempre que podemos. Trata a mi hija con mucho cariño, igual que mi hija y yo a ella. Y no le hago un monumento porque no puedo y además ella es muy sencilla y prudente. ¡Que ganas no me faltan para hacérselo!

Tardé 6 años en querer tener otro hijo, y con Daniel cada vez que había algo de enfermedad temblaba y aún tiemblo, solo que ya hay menos enfermedad.

Hace unos años hubo un virus de vómitos y dolor intenso de cabeza que Daniel cogió. No os podéis imaginar cómo nos pusimos, giramos 4 veces en la misma rotonda para salir a la carretera de Madrid hacia la Paz. En la Paz dije que su hermana tuvo sepsis meningocócica y ellos me contestaron que no tenía por qué ser lo mismo, y dijeron que no parecía un cuadro de meningitis, pero que mantenían al niño en observación toda la noche para que estuviésemos más tranquilos. 

Yo respiré y ya sobre las 8h. de la mañana nos fuimos por donde vinimos, y más contentos que unas castañuelas, Sara en pijama ya muy mayor y yo también como una gitana, pero todo en paz. Siempre mientras pueda estaré alerta, aunque me llamen loca, aunque me llamen histérica.

“Que yo no chillo, sólo lloro”, ríanse de los peces de colores, que si puedo prefiero reír antes que llorar. Y después me río de mi misma, cuando me digo: “anda Manola, que no has sío exagerada ¿eh?, no ni ná”. Porque en mi guardería, con la que llevo 4 años con los niños, sigo siendo exagerada, aunque no sean mis hijos.

Bueno, siento mucho ser tan pesada y no resumir, Esta es mi historia tal y como la vivimos mi marido y yo. No se escribir ni expresarme bien en papel. Nunca lo había contado por escrito y no hablo mucho de ello, salvo a amigos muy, muy cercanos y con palabras, ya que mi marido lo olvidó. Él es más realista y además no siguió informándose sobre el tema y no sabe con certeza la gravedad de estas enfermedades. Él siempre le quitaba importancia.

Te envío alguna foto de Sara y Daniel en la actualidad.

En lo que pueda ayudar aquí estoy.

 

Saludos,

Manoli